Charles-Nicolas-Sigisbert Sonnini de Manoncourt (1751-1812) había estudiado Derecho, pero su pasión por los viajes le impulsó a entrar en la Marina a los 18 años. Su primera expedición fue a la Guyana francesa, donde realizó valiosas contribuciones al conocimiento del terreno y adquirió experiencia como ingeniero y naturalista. A su regreso, trabajó durante unos meses con Charles Louis Leclerc, conde de Buffon, que le encargó artículos sobre pájaros exóticos para su famosa Historia Natural.
En abril de 1777 emprendió viaje a Egipto, donde estuvo hasta octubre del año siguiente; intentó prolongar su viaje hasta Abisinia, pero las circunstancias lo hicieron imposible y al final desde allí partió a Turquía, Grecia, y las islas del mar Egeo.
A su regreso a Francia, debido a problemas financieros, se estableció en una granja en Manoncourt, donde puso en práctica nuevos cultivos. Tras la llegada de la Revolución francesa pasó unos meses en la cárcel, perdió su granja y se trasladó a París para intentar vivir allí como escritor. Publicó entonces sus libros de viajes: Voyage dans l’ haute et basse Égypte, fait par ordre de l’ancien gouvernement, et contenant des observations de tous genres (1798), en tres volúmenes y con un tomo de láminas, y Voyage en Grèce et en Turquie (1801-1802). Además, redactó tratados de agricultura. Pero su empresa más ambiciosa fue una nueva edición de la Historia natural de Buffon en 127 volúmenes (1799-1808).
En 1805 dejó Paris para, a petición del entonces ministro de Instrucción pública, tomar la dirección en Vienne de un gran Colegio fundado por los Jesuitas; pero encontró dificultades que finalmente le llevaron a renunciar. En 1810 se trasladó con su esposa a la capital de Moldavia para ocuparse de la educación del hijo de un supuesto príncipe, que al final resultó ser un estafador. Decidió visitar Moldavia y el sur de Rumania antes de volver a París, donde murió el año siguiente.
En su obra sobre Egipto recoge información sobre el país que él ha encontrado en su viaje, sus ciudades, su paisaje, su clima, las ruinas que se conservan, el modo de vida de su población, pero su interés reside sobre todo en la fauna, la flora y los nativos, un buen ejemplo del método científico del siglo XVIII. Como muestra puede valer el capítulo 11, que dedica entero al jerbo, unas cuarenta y cinco páginas, consignando sus medidas meticulosamente –longitud de la cola, longitud de las orejas, distancia entre las orejas, entre la oreja y el ángulo posterior del ojo, etc.– y describiendo sus vísceras, datos que proceden de la disección que él mismo ha practicado. En la misma línea su interés clínico le impulsa a incluir descripciones sobre la naturaleza, las costumbres sexuales y las enfermedades de los egipcios, que dejan ver bien a las claras el proceso de “deshumanización” al que somete a los “orientales”. En este sentido es representativo el pasaje sobre la ablación genital femenina: con el afán de conocer de primera mano el procedimiento, consigue examinar a varias mujeres y llega a presenciar en su propia habitación la operación de una niña.
Valora especialmente poder ofrecer un testimonio directo, consciente de que pocos autores franceses han emprendido esta expedición antes que él y de que aún menos pueden presentarse como testigos de primera mano. De hecho, nos recuerda que con frecuencia la información de Savary (n.º 16), con el que coincidió en Egipto, procede de la lectura de los antiguos y no de su propia experiencia.
A la vez refleja perfectamente la ideología de la Francia contemporánea. Su deseo es contribuir a una causa útil: la liberación por parte de los franceses del pueblo egipcio, al que atribuye ignorancia y brutalidad y considera responsable de su miseria; Francia se encargará de la difusión de los monumentos y la grandeza del antiguo Egipto, a la vez que domina un territorio extraordinariamente rico y estratégico, lo que redundará en su propia gloria y riqueza.
El libro expuesto es el volumen de 40 láminas de grabados a buril que acompañan al libro, obras del artista Jean Baptiste Pierre Tardieu, que también fue el ilustrador de la mencionada nueva edición de la Historia Natural de Buffon. El grabado por el que se abre el libro ofrece una vista de una mezquita junto a Rosetta (actual Rashid), dedicada al santo musulmán Abou Mandour, al que, según Sonnini, los mahometanos consideran enemigo de todo tipo de esterilidad y al que profesan devoción general.




