A través de tres subsecciones (religión, Cleopatra y el Nilo) presentamos algunos elementos, realidades o personajes de la cultura egipcia que son conocidos por todos y que forman parte de nuestro imaginario sobre Egipto. Si un aspecto de la religión egipcia ha despertado fascinación, este es sin duda el de las creencias sobre el más allá. Tras la muerte, el alma del fallecido iniciaba un peligroso periplo destinado a alcanzar su «supervivencia». La preocupación por el alma del difunto tras la muerte se refleja en los monumentales complejos fúnebres que los monarcas se hicieron construir, entre los que destacan las pirámides, o en los minuciosos procesos no solo de preservación de los cadáveres -la momificación-, sino de instalación y conservación. La reina Cleopatra es, sin...

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Egipto en la Biblia

Título: La Biblia Vulgata latina traducida en español, y anotada conforme al sentido de los Santos Padres y expositores cathólicos por el padre Phelipe Scio de San Miguel
Fecha: 1790-1793
Editorial / Editor: Valencia: en la oficina de Joseph y Thomas de Orga
Signatura: BG/39752
Formato(s): Libro o monografía
Tema(s): Biblia
También en esta exposición: Las maravillas de Egipto

«José murió a los ciento diez años. Lo embalsamaron y lo depositaron dentro de un sarcófago en Egipto». Con estas palabras finaliza el libro bíblico del Génesis, y con ellas el ciclo de José (Génesis 37-50), de todos conocido: undécimo hijo de Jacob, fue vendido por sus hermanos a unos mercaderes, llevado a Egipto y comprado por Putifar, oficial de la guardia del faraón. José pudo interpretar un sueño del rey en el que se anunciaban siete años de hambruna y así preparar al reino para la escasez. Como recompensa, el faraón lo nombró su ministro. Desde el siglo III hasta el Renacimiento –con algunas contadas excepciones, como Isidoro de Sevilla– se impuso la creencia de que las pirámides eran los graneros que mandó construir José para almacenar alimento y prevenir los años de malas cosechas.

También es de todos conocido que para los judíos un hecho fundante de su historia de salvación es la liberación de la esclavitud en Egipto, hazaña que llevó a cabo Moisés, protagonista del otro ciclo bíblico situado en el país del Nilo (Éxodo 1-15), en el que se encuentran los populares episodios del hallazgo del niño en el río, la zarza ardiente, la llamada a la liberación de los hebreos, las plagas y el milagroso paso del Mar Rojo.

En general, las referencias del Antiguo Testamento a Egipto son negativas y de algún modo esto influyó en la percepción que Occidente tuvo de aquel país. Sin embargo, las fuentes hoy disponibles no permiten confirmar la tesis de que Ramsés II (1279-1213 a.e.c.) obligara a los israelitas a participar en la construcción de ciudades. Quizá el núcleo histórico de la liberación de los hebreos tenga que ver con las campañas militares de Egipto en Siria y Palestina, en las que serían hechos prisioneros grupos de judíos que serían liberados más tarde en condiciones que de momento no conocemos.

En cuanto al Nuevo Testamento, el episodio más famoso es el conocido como «huida a Egipto», tantas veces transmitido por las artes plásticas. Según el Evangelio de Mateo, ante la amenaza de Herodes, un ángel advirtió a José, el padre de Jesús, y la familia se retiró a Egipto (Mt 2, 13-21). Este hecho dio lugar a la tradición de que en Matarea (Al Matariyah), a unos cinco kilómetros de El Cairo, se encontraba el lugar donde la familia se había refugiado. Para los cristianos que viajaban a Tierra Santa era este un destino ineludible, como atestiguan, entre otros, Pedro Tafur o Martire d’Anghiera, quien se hizo conducir a este venerado lugar al día siguiente de visitar las pirámides.

Para los cristianos, el desierto egipcio está asociado también al movimiento monástico, anacoreta y cenobítico, que floreció en los siglos III-IV.

Esta escena de la interpretación del sueño del faraón aparece en la traducción de la Vulgata al español que realizó el escolapio Felipe Scío (1738-1796), tras varios siglos de prohibición de la lectura de la Biblia en lengua vulgar. Se trata de una bella edición de lujo, en diez volúmenes de tamaño folio. Con posterioridad a su publicación, los ejemplares fueron enriquecidos con 336 estampas de diferentes grabadores (200 en el A.T. y 136 en el N.T.), que podían intercalarse o ir en un juego aparte. Según el “Guión para los encuadernadores” que aparece en algunos ejemplares, estas láminas servían tanto para esta edición valenciana como para las dos madrileñas de Benito Cano, en octavo, de 1794-1797 (en latín-castellano y en castellano). Para adaptar las estampas a esta edición de mayor tamaño se diseñó el marco que las rodea.