Pietro Martire d’Anghiera (o Pedro Mártir de Anglería) (1457-1526), notable humanista de origen italiano pasó, sin embargo, la mayor parte de su vida en España. Formado en la cultura humanista en Milán y Roma, en esta última ciudad lo conoció en 1486 el embajador Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, quien lo invitó a trasladarse a la corte española, donde sirvió como militar, diplomático y cronista. Participó en varias campañas militares del rey Fernando, como la de Granada. Nombrado gentilhombre de cámara de la reina Isabel, fue además preceptor de varios nobles. Rechazó la invitación de la Universidad de Salamanca para ser profesor en ella, aunque sí dictó una lección que tuvo un notable éxito. En 1520 fue nombrado cronista oficial debido a la fama de sus numerosas cartas a una gran cantidad de destinatarios, que constituyen una importante fuente sobre la historia de la época (Opus epistolarum, unas 800 cartas datadas entre 1488 y 1525), y a sus obras de historia.
Conoció a Colón y a otros personajes relacionados con los nuevos descubrimientos, como Vespucci o Magallanes. El interés por estas nuevas tierras lo mantuvo ocupado durante muchos años, dando cuenta de todas estas novedades en su obra De orbe novo decades, que lo convierte en el primer historiador del Nuevo Mundo.
El 14 de agosto de 1501 comenzó un viaje a Egipto. Se le había encomendado una misión diplomática ante el sultán Qansu al-Ghuri, quien, habiendo recibido noticias de la conquista de Granada y de la persecución a los musulmanes que se hacía en España, amenazó con represalias a los cristianos de la zona que él gobernaba, que incluía los santos lugares. Se pretendía también mantener la relación comercial establecida hacía algunos años y ofrecer apoyo al sultán frente a la amenaza turca.
Desde Venecia, puerto obligado en la ruta a Oriente, se embarcó hasta Rosetta, visitó Alejandría, El Cairo y sus alrededores y cumplió con éxito la misión. De este viaje dejó testimonio en la Legatio Babylonica, firmada en Alejandría en abril de 1502, y también en algunas de sus cartas. Publicada por primera vez, junto con otras obras suyas, en 1511 (Sevilla: Jacobo Cromberger), esta edición, aunque se servía de los materiales enviados por el autor al conde de Tendilla, revisados por Antonio de Nebrija para su impresión (que en su prefacio resumen el contenido del volumen), fue desautorizada por Anghiera en la siguiente, impresa en Alcalá de Henares en 1516, en las prensas de Arnao Guillén de Brocar; curiosamente, el ejemplar BG/31200 contiene las dos ediciones.
El adjetivo babilónica lo explica el autor al comienzo del libro tercero: «El Cairo, cabeza de su imperio, y llamada de otro modo Babilonia por haber sido habitada en otro tiempo por los habitantes de la del Éufrates».
A los contenidos que tienen que ver propiamente con el objetivo de la embajada se añaden otros muy variados e interesantes de carácter político, histórico, científico, geográfico o antropológico, fruto de las propias observaciones del autor: «siempre me resultó sabroso recorrer tierras extranjeras: mucho más plenamente se sacia la inteligencia humana viendo que leyendo u oyendo», dice en una de sus cartas. Con todo, no podemos olvidar que su mirada es la de un occidental, cristiano, imbuido de cultura clásica, elementos todos que influyen en su percepción.
Libre ya de las obligaciones diplomáticas, preguntó «si todavía existían en estos lugares los monumentos de los antiguos egipcios. Averigüé que, al otro lado del Nilo, en el campo babilónico, tan solamente a unas veinte millas, se levantan dos pirámides de un tamaño maravilloso, ya que incluso se divisan desde El Cairo». Tras recibir permiso del sultán, el 7 de febrero de 1502 se pusieron en marcha y cuando llegaron ante ellas, «como montañas elevadas sobre una vasta planicie», «al verlas, nos admiramos». Algunos de sus acompañantes penetraron en ellas y Anghiera pudo confirmar que se trataba de monumentos funerarios, y no de los graneros que había mandado construir José (Génesis 41), como habían afirmado algunos autores medievales. Desde allí contempla otras pirámides más alejadas, Menfis, y luego contempla la Esfinge, que él llama «coloso de mármol … de quien se desconoce de quién fuera efigie».
También dedica unos párrafos a las dos cuestiones que planteaba el Nilo: sus fuentes y las crecidas. Aunque ni lo que había leído ni las informaciones de los habitantes resuelven el misterio, sitúa las primeras en las montañas de Etiopía, cuya nieve derretida hace crecer el río y fertilizar sus riberas. Nos habla también del «nilómetro» y no son pocas las líneas dedicadas a los cocodrilos. Sobre estos, prescinde de las informaciones «leídas» y prefiere dar cuenta de lo aprendido en el viaje o de lo contado por sus interlocutores: el peligro que suponen para las personas y el ganado y las formas que tienen los egipcios de cazarlos o protegerse de ellos.
En definitiva, un texto en el que lo leído y lo experimentado conforman un apasionante relato.


