Las Historias de Heródoto (ca. 484-429/424 a.e.c.), cuya culminación son las guerras médicas, que tuvieron lugar entre persas y griegos a comienzos del siglo V a.e.c., constituyen en realidad una verdadera historia universal. En el contexto de la expansión del imperio persa, Cambises, hijo de Ciro, conquistó Egipto en 525 a.e.c. Ese es el motivo por el que el autor griego dedica una larga sección de su obra a esta región, que constituye el libro II, titulado Euterpe (182 capítulos). Es, sin duda, uno de los documentos más antiguos, no egipcio, sobre la geografía, las costumbres, la organización, la religión y la historia del Egipto de los faraones.
En sentido estricto, la palabra griega historia (ἱστορίη) significa propiamente “indagación”, “investigación”. Esta idea se repite a lo largo del texto, cuando el autor se refiere constantemente a la consulta de documentos, a las tradiciones locales que reúne, a la información ofrecida por otros, a lo que él mismo vio y oyó, a su valoración personal de los datos recogidos, a veces con cierto escepticismo: «Estos relatos de los egipcios que los acepte quien considere creíbles semejantes cosas; yo, por mi parte, a lo largo de toda mi historia, me propongo escribir, como lo oí, lo que dicen los unos y los otros» (II, 123). Recordemos que Heródoto viajó a Egipto entre 449-443. Y también recurrió a otros autores griegos, como Hecateo, de quien recoge la expresión «don del Nilo».
Ya algo avanzado su relato, subraya: «Voy ahora a hablar largamente sobre Egipto, porque tiene, como ningún otro país, muchísimas maravillas y ofrece obras de indescriptible grandeza» (II, 35).
El libro tiene dos grandes partes, una primera geográfica y etnográfica (extensión, el Nilo, vida cotidiana, religión) y otra histórica (hasta el siglo VI a.e.c., XXVI dinastía). En ellas tienen cabida los grandes motivos que todos asociamos al país: las crecidas y las fuentes del Nilo (19-34), las momias (86-89) o las pirámides (124-134). Heródoto seguirá siendo el punto de partida de innumerables tópicos sobre Egipto durante muchos siglos. Por ejemplo, Juan de Pineda, en su varias veces editada Monarchia eclesiastica (desde 1576), resume, a propósito de la momificación de Jacob (Génesis 50), al autor heleno cuando habla de los tres modos de embalsamar según las posibilidades económicas de las familias (n.º 18).
Las pirámides son mencionadas al hablar de los reinados de Kéops, Kefrén y Micerino. Los primeros son presentados negativamente, como opresores del pueblo, opuestos a Micerino. El primero trajo la desventura a su país y obligó a todos los egipcios a trabajar en su pirámide y en la calzada por la que se arrastraban las piedras hasta aquella. Según el autor cien mil hombres trabajaron a la vez, renovándose cada tres meses, alimentados tan solo con rábanos, cebollas y ajos. Y la construcción tardó veinte años. Heródoto está pues en el origen de la asociación de estas construcciones a miles de esclavos y a la «ostentación estúpida y absurda de las riquezas de los reyes» (Plinio).
A pesar de su prurito de objetividad, su mirada es la de un griego que pone el acento en aquello que puede ser más interesante para su audiencia, dando mucha cabida a lo maravilloso. Dicho esto, hay en su relato muchos datos precisos, aunque se puede concluir que «no hace más que deslizarse por la superficie de la civilización egipcia» (Lloyd).
Esta edición presenta en columnas paralelas el original griego y la versión latina de Lorenzo Valla (1407-1457), revisada por Henri Estienne (1528?-1598). La traducción de Valla se publicó por primera vez en Venecia en 1474, pero la primera edición del texto griego se imprimió en la misma ciudad en 1502, en el taller del tipógrafo y humanista Aldo Manuzio.



