Octaviano, el futuro Augusto, había derrotado en Accio (30 a.e.c.) a Marco Antonio y a Cleopatra, que optaron por el suicidio. Egipto pasa a ser una provincia en manos de Roma y comienza así el Imperio romano.
La noticia tuvo un gran impacto en Roma y Augusto aprovechó la victoria sobre Egipto y su reina como un instrumento más de propaganda, no solo en el ámbito artístico sino también en el literario: Cleopatra, convertida en el prototipo de reina oriental, con las connotaciones negativas que el término poseía para los romanos, fue tema para varios poetas próximos a Augusto.
Uno de estos poetas, Horacio, fue el primero en dejarnos testimonio de la muerte de la reina egipcia en su Oda 1.37, cuyo comienzo en traducción vemos aquí. La compuso probablemente poco después de que el hecho sucediera, en un momento en el que Roma estaba invadida por la euforia que produjo la desaparición de su odiada y temida enemiga. El poeta invita a sus amigos a celebrar la muerte de Cleopatra y ensalza el mérito de Octaviano que consiguió tal victoria. Sin embargo, al lector moderno le puede resultar chocante el final, en el que el poeta rinde tributo al coraje y grandeza de la reina, glosando su ánimo para afrontar la muerte (la escena tradicional en la que ella se suicida recurriendo a los áspides), una opción preferible a la derrota y a la previsible humillación como prisionera de los romanos. El cierre resalta así la complejidad del poema y las contradicciones inherentes a la ambivalencia sobre la figura de Cleopatra: su muerte recuerda el suicidio de Catón el Joven, ejemplo de virtud estoica; no olvidemos que, al fin y al cabo, la aristocracia romana vio en el suicidio una forma de reafirmar los valores morales propios y un acto de resistencia frente al poder; de hecho, los últimos momentos de personalidades famosas se convertirán en el Imperio en un tópico literario.
El libro expuesto es la traducción de una selección de poemas de Horacio realizada por el jesuita Urbano Campos, “hombre de buena voluntad, pero de gusto escaso y mediano criterio”, a decir de Menéndez Pelayo. Se trata de una versión escolar de las Odas de Horacio expurgadas, no solo según el criterio de lo que el traductor consideraba inmoral sino de su supuesto juicio poético, bastante limitado.El libro incluye el texto latino y algunos sumarios y notas de Campos. Esta traducción apareció publicada por primera vez en 1682. A pesar de sus evidentes defectos, se utilizó en las escuelas durante prácticamente un siglo. Primero la emplearon los jesuitas y luego los escolapios, después de que Luis Mínguez corrigiera algunos errores y añadiera una versión propia en prosa del Ars Poetica. Es una de estas ediciones, debidas a la mano de Mínguez, la que aquí se expone.



