El Nilo
Egipto no es un país, es un río (Cesare Brandi)
Sin el Nilo sería completamente imposible vivir en Egipto (Eduard Toda)
Quien haya tenido la suerte de visitar Egipto habrá constatado la trascendencia del Nilo para ese país y su cultura. Quien no la haya tenido sabrá también, por innumerables referencias, de su importancia. De modo que unos y otros podemos asentir a la feliz expresión de Cesare Brandi: «Egipto no es un país, es un río» (Verde Nilo), que nos recuerda otra, mucho más antigua y citada infinidad de veces: «Egipto, don del Nilo», recogida ya por Heródoto en el siglo V a.e.c., pero atribuible a un geógrafo anterior, Hecateo de Mileto. Por su parte el diplomático y egiptólogo Eduardo Toda la formula de forma más rotunda: «Sin el Nilo sería completamente imposible vivir en Egipto».
Sin duda, lo más llamativo para todos, en primer lugar para los propios egipcios, era el ciclo anual de las crecidas, la periódica inundación que permitía ganar a la tierra roja –el estéril desierto–, una franja de verde de vegetación –para ellos la tierra negra de los limos–. No hay autor que hable de este país que no mencione este prodigio, maravilloso para quienes lo contemplan e increíble para quienes oyen hablar de él (Diodoro Sículo). Y más enigmático, si cabe, por cuanto las crecidas tienen lugar en verano, algo cuya explicación fue dada ya por algunos autores antiguos: las lluvias que se producen en primavera en las montañas de Etiopía. Los nilómetros, las estructuras que permitían conocer el ritmo de la inundación y calibrar así la calidad de las cosechas, también tienen su lugar entre las páginas de los libros históricos o de viajes. Aunque ya otros autores griegos habían hablado de ello, un temprano acercamiento científico al fenómeno lo tenemos representado en la obrita De inundatione Nili, atribuida a Aristóteles.
Otra incógnita que planteaba el segundo río más largo del mundo era el de su nacimiento, el problema de sus “insondables fuentes” (Heródoto), situadas en «regiones que nunca han sido vistas» (D. Sículo). Ubicadas en unos míticos “montes de la Luna” por los geógrafos antiguos, será un jesuita español, Pedro Páez, quien descubra en Etiopía los manantiales del Nilo Azul a principios del siglo XVII, pero habrá que esperar dos siglos más hasta dar con los del Nilo Blanco.
Además del propio río, a él estaban vinculados muchos otros motivos que se han fijado en nuestro imaginario sobre este país.
En el reino vegetal destaca una planta que ha sido trascendental en la trasmisión de la cultura antigua, el papiro, con el que se confeccionaban los rollos o volúmenes. En su traducción y comentario al tratado sobre las propiedades medicinales de las plantas de Dioscórides (siglo I e.c.) el médico español Andrés Laguna recoge tanto su valor terapéutico como su antigua función: “El papiro es una planta que, a manera de junco, nace en los pantanos de Egipto y en ciertas lagunas de Siria, gruesa como el brazo de un hombre y de diez codos luenga, cuyo tallo es triangular, del cual antiguamente se hacía el papel…” (1, 86).
No podían dejar de llamar la atención los fascinantes, y algunos muy peligrosos, animales que habitaban el río y sus orillas, a los que los egipcios habían divinizado como potencias benefactoras o temibles, como el hipopótamo o el cocodrilo. Münster nos regala entre sus ilustraciones una impresionante imagen del segundo, si bien merece la pena acudir a las páginas que le dedica un viajero de principios del siglo XVI, Mártir de Anglería, para obtener detalles realistas sobre cómo los egipcios se enfrentaban a ellos, más allá de la repetición de tópicos.
Más alejado de la observación directa y más cercano a la mitología y al simbolismo es el tratamiento del ibis sagrado (Threskiornis aethiopicus), de cuya importancia da cuenta el hecho de que con él se representa al dios Thot y está atestiguada también por la gran cantidad de aves momificadas que se han encontrado. Las ideas que ya encontramos en los antiguos se recuperan en el Renacimiento, cuando se quiere proponer una interpretación de los jeroglíficos y entonces se destaca su poder bienhechor, pues el ibis libra a los egipcios de las serpientes aladas que vuelan desde Arabia en primavera.
Resulta curioso que una poderosa fuerza de la naturaleza como era el Nilo, del que todo dependía, no fuese deificada. Tenía, no obstante, su relación con la mitología: al llanto de Isis por la muerte de Osiris se atribuían las crecidas, la posibilidad de la regeneración y, por tanto, la promesa de vida tras la muerte. Aunque el Nilo no figure en el panteón egipcio propiamente como un dios, nos ha llegado un hermoso poema que atestigua su importancia, el famoso Gran himno a Hapy: “¡Salve, Hapy, (tú) que has surgido de la tierra, que has venido para dar la vida a Egipto … Que sacia el desierto que está lejos del agua … Cuando él aparece, la tierra se llena de júbilo … Que llena los almacenes, que agranda los graneros … Tú que alimentas a los hombres y rebaños con el regalo de tus praderas. ¡Oh, gozo cuando tú vienes! (Serrano Delgado 2021).
